Benicio del Toro protagoniza una película que cuenta lateralmente la historia del narcotraficante más peligros de Colombia, quien en algunos poblados incluso era visto y adorado como un mecenas.

Imagen: Tomada de twitter.com/ZimaEnt

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Cuando vi que en la cartelera había una película sobre Pablo Escobar (Antioquia, 1949 – Medellín, 1993) no resistí la curiosidad, o mejor dicho, el morbo, de ver si lograba retratarlo fielmente, con una historia real, o si caía en el error de adorarlo o repudiarlo.

El largometraje tenía todos los ingredientes necesarios para dudar de él: estaba hablado en inglés, dirigido por un italiano (Andrea Di Stefan, 1972) y protagonizado por un estadounidense y un puertorriqueño (Benicio del Toro, San Juan, 1967) que físicamente no se parecía al narcotraficante.

Yo esperaba ver una historia que hablaría de Escobar, Escobar y nada más que de Escobar. Pero en lugar de eso, el director decidió narrarlo a través de la vida de un surfista canadiense (Josh Hutcherson, EU, 1992) que llega a Colombia para vivir con su hermano, en una playa muy cercana a un pequeño pueblo. Ahí conoce y se enamora de María (Claudia Traisac), la sobrina favorita de quien fuera el enemigo público número uno de Colombia, quien manda matar al chico después de pedirle que esconda su botín en una cueva secreta.

Al alejarse, el director pudo meter una historia de amor, lo cual siempre es atractivo para permanecer en las salas comerciales, y por el otro lado logró retratar más aristas del delincuente. Esta narración permitió entrar en el personaje y alejarse una y otra vez; conocer su manara de pensar, pero también cómo influía y afectaba a los demás.

Cuando Escobar apareció en el poblado para inaugurar un centro de salud pensé que la película caería en la apología del narcotraficante, pues lo hacía ver como un mecenas que daba y daba al pueblo, quien era humilde, humano y gustaba de estar rodeado de amigos y grandes fiestas todo el tiempo.

Pero conforme pasaron los minutos la trama permitió ver el lado ‘obscuro’, frío y criminal del narcotraficante, quien mientras jugaba amorosamente con sus hijos podía estar sentenciando a alguien por el teléfono o podía mandar matar a sus colaboradores o personas más cercanas.

Pablo Escobar se convirtió en el narcotraficante más buscado de Colombia, pero también en un ícono de adoración popular. Tomado de twitter.com/ZimaEnt

Pablo Escobar se convirtió en el narcotraficante más buscado de Colombia, pero también en un ícono de adoración popular. Tomado de twitter.com/ZimaEnt

Incluso dejó de tomar relevancia si Benicio del Toro se parecía o no al narcotraficante, o si los diálogos estaban en inglés o español. En este sentido la mezcla de los idiomas, sobre todo con modismos colombianos fue de vital importancia.

Al salir de la sala de cine me pregunté si se trataba de una historia real. Tras investigar me enteré que el chico extranjero no había nacido en Canadá, sino en Italia, pero me fui pensando que el desapego a la biografía y evitar una historia bañada de sangre permitió dar un buen acercamiento a Pablo Escobar, un criminal que poco a poco va desapareciendo de la memoria de Latinoamérica.

Tomado de twitter.com/ZimaEnt

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