El novelista estadounidense ganador del Pulitzer ‘entierra’ la crudeza de sus personajes asesinos y sin escrúpulos para dar un consejo sincero a los jóvenes escritores.

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Al terminar de leer Un arte espectral, Norman Mailer no me dejó pensando en la complejidad y la crudeza de sus personajes, como ocurrió hace 13 años con La canción del verdugo. Esta vez me quedé con la sensación de un nieto que acaba de recibir una plática íntima y sincera de su abuelo, de esas en las que ‘los viejos’ te cuentan sus vivencias para que no cometas los mismos errores.

Pero antes de seguir voy a platicar un poco del autor. Mailer nació en Long Branch, New Jersey, en 1923. A lo largo de su vida fue novelista, periodista, director de cine, activista político, e incluso aspirante a alcalde de Nueva York, ciudad en la que murió en 2007, a los 84 años de edad.

Junto con escritores como Truman Capote (A sangre fría), a mediados del siglo XX, este enfant terrible se hizo famoso por la creación de personajes sin escrúpulos, cargados de sexo un tanto animal, a veces asesinos y por momentos vacíos de humanidad, quienes irrumpen la vida diaria de poblados tranquilos. Para muestra están La canción del Verdugo, Los ejércitos de la noche (ambos le valieron el Pulitzer), Los desnudos y los muertos, Los tipos duros no bailan o El parque de los ciervos.

Tomado de Flickr/ArtGeneric

Norman Mailer (Tomado de Flickr/ArtGeneric).

Sin embargo, en Un arte espectral Norman Mailer deja atrás las frases incendiarias que caracterizan a su literatura y sus opiniones, para hacer un recorrido analítico y sincero de su vida como narrador, al igual que de sus obras y de los autores de su tiempo.

“Éste puede ser un libro para novelistas jóvenes que desean mejorar sus capacidades y su compromiso con las dificultadas sutiles y los misterios no cartografiados de la escritura de novela sería en sí misma”, cita en el prefacio.

Debo confesar que cuando encontré el ejemplar en la librería dudé en comprarlo, pues de inmediato me vinieron a la mente esos manuales en los que, con presunción, un autor, muchas veces sin una obra sólida, trata de desarrollar una metodología para crear una historia y de paso enseña que hay  una estructura llamada ‘sujeto + verbo + predicado’.

Pero también pensé que si era escrito por un hombre como Mailer podría ser un libro distinto. Tras leerlo superó mis expectativas, pues en vez del ABC me topé con una obra entrañable en la que el escritor se sienta junto a ti y tras tomar un trago te cuenta qué pasaba en su vida personal (si estaba casado, su estado de ánimo, etc.) cuando escribía determinada historia.

Las páginas tienen una crítica del trabajo de Hemingway, Tomo Wolf, Faulkner, Capote, Borges, García Márquez, Proust, Stephen King, Beckett, Dostoievski y Tolstoy, entre otros; la lista perfectamente puede ser una guía para la formación de un lector o una persona, independientemente de su actividad. Pero lo interesante es que en la mayoría de los casos las opiniones son desde el punto de vista del escritor y no del crítico literario, por lo que desmenuza ‘los huesos, tendones y vísceras’ de las historias. Por supuesto que el libro incluye su respectiva dosis de ‘chisme’ de altos vuelos.

En un acto de sinceridad, pero no de flaqueza, Mailer te cuenta cuando hizo algo que pensó que funcionaría para una narración y no sucedió así, o viceversa, si creía en un determinado libro, si lo estaba presionando la editorial o el estado de ‘sus bolsillos’.

Un arte espectral es una obra entrañable, pero no se desprende de la frialdad que caracteriza a Mailer, quien en este acto de sinceridad y rudeza escribe una rotunda frase que engloba todas las lecciones del libro:

“Por cada gran escritor, hay cien que podrían haber sido igualmente grandes pero carecieron del coraje”.