Muchas de las grandes obras de la literatura del siglo IXX están basadas en un debate moral y en el cada vez más olvidado deber ser.

 

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Hasta hace poco me di cuenta que había ‘un no sé qué’ que me encantaba de las novelas del siglo XXI. Libros como Las hojas caídas, de Willkie Collins (Gran Bretaña, 1824-1889), El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Balfour Stevenson (Escocia, 1850-1894), y los Los hermanos Karamazov, de Fiódor Dostoyevski (Rusia, 1821-1881) me dejaron la sensación de que tenían algo que no hay en las historias de ahora.

Primero pensé en la técnica, en que son gran des narraciones, pese a que fueron escritas hace más de 100 años, con escenas ‘lentas’ y con una ambientación un tanto provinciana, con la velocidad de las carretas y la sombra de las velas. Después dije: son los diálogos de sus personajes, siempre racionales y estructurales, que tal vez me recuerdan a las películas de los Hermanos Soler.

Y por ahí iba hasta que di con el clavo: las historias son una constante y tortuosa lucha contra el deber ser, claro, muchas veces detonado por el qué dirán los otros y la muy conservadora moral de la época. Pero casi siempre los personajes hablan de honor, palabra pariente de la ética que prácticamente está olvidada, pero que al final de cuentas tiene que ver con la integridad de una persona y con sus valores, más allá del juicio de los otros, del juicio personal.

¿Salió mi lado puritano? Tal vez, pero al reflexionar sobre los autores de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI me di cuenta que es un punto que muchas veces estamos pasando de largo como sociedad y que se ve reflejado en la literatura, donde los personajes muchas veces matan o cometen ilícitos sin saber por qué, sólo porque así son, porque así es su naturaleza, y sin tener una pelea interna.

No estoy diciendo que tenga que retomarse el debate del deber ser en la literatura, en el teatro, en el cine o en cualquier otro arte, ni que los autores están contribuyendo a la frialdad y a la violencia, sólo que de vez en cuando los que nacimos el siglo pasado añoramos aquellas, no tan lejanas épocas, en la que había un debate interno y social sobre los cactos del hombre, cuando los muertos y los asesinos eran personas y no números.

Tomada de Wikipedia

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